Suele decirse por ahí que siempre, junto a una chica guapa, está su amiga fea. Supongo que es uno de esos tópicos sin fundamento, pero en el caso mío y de Erika es rigurosamente cierto. Claro que en mi descargo, debo añadir que cualquier chica es fea si se compara con Erika.

Ella y yo nos conocimos el primer día de universidad. Recuerdo que entró al aula entre un revuelo de cabezas que se volvían, todas ojos, a mirar. Se dirigió al sitio vacío que había junto a mí y me preguntó:

-Perdona, ¿está ocupado este asiento?

-No, no, siéntante -respondí, preguntándome qué hacía una modelo de anuncio en clase de Física I.

No tardé en descubrir que Erika es guapísima en los aspectos que realmente importan, y no solamente en su físico. Es una chica encantadora, de una inteligencia extraordinaria, y con un sentido del humor fino e ingenioso. Si a eso le unimos unos padres adinerados, tenemos al “partido perfecto”. Estoy convencida de que, si ella no hubiera dicho que se venía conmigo a la casa del pueblo ese puente de Diciembre, seguro que ninguno de los otros chicos se hubiera venido. Erika tiene la habilidad de atraer a los hombres a dondequiera que vaya.

Al final fuimos cinco personas en el coche de Erika. Vinieron Juan y Pablo, quienes se disputan el amor de Erika tratando de quedar siempre el uno por encima del otro. También vino Rafa, a quien apodamos Gollum porque le quedan cuatro pelos mal contados en la cabeza (y también por su peculiar carácter; de hecho, se ha tomado tan bien lo de Gollum que a veces hasta hace imitaciones). Y por supuesto, Erika y yo: ella conduciendo y yo indicándole cómo llegar a la casa.

El segundo día de puente, para aliviar las tensiones entre Juan y Pablo, propuse salir al bosque a buscar caracoles. A mí no es que me entusiasmen, pero a Erika y a Gollum sí, y tengo que reconocer que mi madre los cocina muy ricos. Sin embargo, al final no fue tan buena idea; ya que, aunque todos aceptaron, enseguida Juan y Pablo empezaron a discutir quién acompañaba a Erika “para que no se perdiera”. Esto molestó bastante a mi amiga, quien declaró que era mayorcita para cuidarse sola; y sola se internó en el bosque. Juan y Pablo empezaron entonces a pelearse por ver quién tenía la culpa de esto, y al final decidieron también irse cada uno por su cuenta, no sin antes apostar una copa por ver quién cogía más caracoles.

Así que al final nos quedamos solos Gollum y yo.

-¿Tú también te vas solo?

-No, no, yo voy contigo. Que luego me pierdo y os reís todos de mí.

Agarramos nuestras bolsas y nos internamos en el bosquecillo, con los ojos puestos en los matorrales. Ese otoño había llovido mucho, y el bosque estaba un poco más espeso que de costumbre. Pero también había más caracoles que otros años.

Al cabo de un rato nos topamos con Erika, que vagaba por un claro sin saber muy bien qué hacer. Resulta que con el enfado se había marchado de mi casa sin recipientes en los que guardar los caracoles, y estaba un poco aburrida; así que se alegró mucho de vernos. De hecho, Gollum estuvo divertidísimo haciendo bromas, así que Erika se unió a nuestro grupo, contenta de acompañarnos. No obstante, la alegría le duró poco, porque poco tiempo después nos encontramos con Pablo y Juan, que estaban dándole la lata a una pobre turista que, despistada, vagabundeaba por allí con una cestita llena de caracoles. Gollum, viendo la cara de enfado de Erika resurgir, decidió recurrir a su habilidad para eliminar su sentido del ridículo y se arrimó a la turista, agazapado como su homónimo tolkeniano, siseando:

-Ten cuidado preciossssssa, no te vayan a robar tusss tessssorosssss esssstossss falssssosssss ssssuciossss hobbitsssss...

Erika se rió al ver la cara de la pobre turista, que no parecía saber dónde meterse para que la dejásemos en paz. Al final, entre risas y disculpas, conseguí llevarme a toda la tropa hacia el corazón del bosque, donde tenía la esperanza de recuperar la armonía de mi pequeña tribu a través de la noble tarea de recoger caracoles. Aunque tenía que reconocer que Gollum lo estaba consiguiendo mucho mejor que yo. Al final, y tras caminar un largo trecho, llegamos a una parte del bosque más tranquila y espesa, así que los caracoles se veían con mayor dificultad. Prácticamente teníamos que meternos dentro de los matorrales para encontrarlos.

Fue en aquella zona cuando Gollum, con su característico tono de “voy-a-hacer-una-broma-estupenda”, empezó a chillar:

-¡Sssssí mi amor, lo encontramossssss, nuesssssssstro al fin, todo nuessssstro, mi tessssoro!

Y como nos lo quedamos mirando con cara de no entender nada, nos dijo en su tono de voz normal:

-Que he encontrado un anillo, coño.

-¿A ver? Enséñanoslo, lo mismo es de oro y tiene letras ígneas -bromeó Erika.

Gollum se metió entre los arbustos... y de repente salió corriendo hacia atrás, todo pálido y con los ojos desorbitados. Se parecía tanto al Gollum cinematográfico, que nos echamos a reír pensando en una nueva broma; pero enseguida me percaté de su expresión desencajada, y me acerqué al matorral para ver qué sucedía.

Vi el anillo enseguida: era una de esas alianzas de plata que usan los adolescentes para declararse amor eterno. Pero también vi lo que a Gollum le había costado tanto observar: el dedo en que estaba puesto ese anillo, y poco mas allá, el resto del brazo.


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